lunes, 7 de septiembre de 2009

El monstruoso Conde Láisek

Alberto Laiseca es autor de 18 libros entre novelas, poemas, cuentos y ensayos. Su última obra es “Manual Sadomasoporno”, pero es legendaria su novela “Los Soria”. Tiró a la basura tres versiones antes de considerar que estaba lista. Tardó 10 años en escribirla y otros 16 en conseguir que se la publicaran, pesa 2,150 kg. y tiene más de 1.300 páginas en las que despliega su delirante cosmovisión.

La sala es ganada por la oscuridad. Alberto Laiseca mueve despacio un cuerpo cansado. Sube al escenario y se acomoda detrás de una mesa rodeada de viejos libros. Le acercan una cerveza, acomoda el micrófono cerca de esos bigotes de ficción y anuncia que va a empezar con “El corazón delator” de Edgar Alan Poe
Afuera corre el viento y la puerta rechina. Parece una obviedad.
Tres días más tarde, me bajo traqueteando de la línea A de subte y me encamino a su casa.
Laiseca vive en la planta baja de un edificio cualquiera de un barrio de clase media porteño, pero ingresar a su departamento es desplazarse a otro espacio. A uno con paredes de libros y en el que sólo hay lugar para una cama desordenada, dos gatos, un par de perros en el pequeño patio y un escritorio con más y más libros.


En alguna oportunidad dijo que “sólo los libros podrán protegernos”, ¿de qué tendrían que hacerlo?
De la falta de imaginación, querido. Cuando yo era chico, era un mundo bastante duro el de la década del 50. No tenías ningún derecho, tenías que responder a distintos tipos de despotismos, tu padre, los mayores, todo el mundo tenía poder menos vos, eras el último orejón del tarro. El único refugio era la lectura, ahí estaba la imaginación, uno se defendía imaginando, creando mundos. En esa época no sabía que iba a ser escritor, sin embargo, me estaba preparando para serlo.
Actualmente veo que los chicos están muy entusiasmados con Internet, no han leído un sólo libro, no piensan leerlo y hasta se sienten orgullosos de eso. El mundo se ha sostenido con imaginación en la economía, en las artes, en la ciencia; si hoy renunciamos a la imaginación, porque ellos, nuestros herederos renuncian a la imaginación, qué clase de mundo van a sostener.
La crisis mundial es un proceso que ya hemos visto a lo largo de la historia. El colapso es por falta de imaginación

¿Una crisis puede impulsar la creatividad en la cultura?
No, la cultura se jode, como se jode todo, no se beneficia de ninguna manera. La crisis no es inspiradora, sólo caga la vida. Hace que vos tengas que trabajar diez veces más que antes para poder comer y que cada vez le dediques menos tiempo a lo que es tuyo, que es el arte. Es como la gente que dice que las oposiciones de los mediocres son buenas porque así uno se fortalece… ¡mentira! Los mediocres no son necesarios para nada, lo único que hacen es desgastar.

Usted sostiene que hay que asustar a los chicos, ¿para qué puede servirles el miedo?
Fundamentalmente para poner en funcionamiento esa imaginación que está atrofiada. ¿Usted sabe por que el niño se asusta? Porque descubre que lo monstruoso existe. Entonces se pone en estado de alerta, así es como llega al conocimiento y de esa forma está más preparado para defenderse en la vida. Porque los monstruos existen, esto es absolutamente cierto. Existe el monstruo del ropero, el de debajo de la cama y todo el resto… y el que no lo crea, que salga una noche oscura y doble en la esquina sin mirar y va a ver sino lo agarran. Después que me diga si existen los monstruos o no.

Laiseca ríe una risa monstruosa. La misma que patentó en los “Cuentos de terror” que hace unos años narraba por televisión y que hora reaparece en el ciclo “Los cuentos del Conde Laisek” en el Centro Cultural ZAS en Buenos Aires.

Usted sabe que es una leyenda, ¿cómo vive con ello?
No, no lo sé.

Alguna vez lo habrá escuchado.
Le voy a decir una cosa (pita el cigarrillo profusamente)… yo he aparecido en un mundo nuevo que es muy distinto al que estaba acostumbrado. Hoy todo es ‘toco y me voy’, entonces a mí no me interesa si soy una leyenda, lo que me importa es cómo carajo puedo hacer para encontrar a mi lado personas que no quieran seguir con el ‘toco y me voy’. Ese es mi drama, ese es el tema.

¿Las encuentra entre las personas que asisten a sus talleres?
A veces sí, a veces están entre ellos.

¿Y cómo hace para no convertirse en un “asesino serial de sus protegidos” como decía cuando hablaba de los maestros?
Mirándolos. Mirándolos y escuchándolos. Esa es la manera.

¿Encuentra en ellos alguno que siga su línea?
¡Nooo, ni quiero! ¿Sabe cuál es la línea mía que quiero que sigan mis discípulos? Quiero que sigan a su propia alma. No quiero que tener una fábrica de Laisequitas, quiero que cada uno sea él o ella, y me parece que lo estoy consiguiendo. Mis alumnos, los mejores, escriben muy distinto a mí. Lo que siempre busqué es darles un aire de libertad para que exploten su genio.

Más allá de que no le interese ser una leyenda, serlo a veces implica una repetición del nombre que no siempre va acompañada del conocimiento de la obra, ¿tiene más lectores o más comentaristas?
(Risas en el taller del diablo) No lo sé, tengo algunos lectores, por suerte. El problema no es ese. Yo sé que mientras viva, aunque más no sea por mi carisma, por lo que hincho las pelotas o por lo que fuera, siempre voy a conseguir gente que se interese y me lea. Lo que a mí me preocupa es qué va a pasar conmigo cuando haya muerto. Porque a pesar de que hago todo lo posible para que ello no suceda, algún día va a ocurrir.
Me preocupa el caso de Leopoldo Marechal, un tipo al que, a pesar de algunas diferencias, yo admiro profundamente. Era un genio. Escribió “Adán Buenosayres”, una obra fundacional de la literatura argentina. Hay una Avenida Leopoldo Marechal, plazoletas, bibliotecas, cosas así, pero nadie lo lee.
A Marechal y mí, cuando llegue el momento, nos tocan las generales de la ley y es que cada vez la gente lee menos. En la década del ‘60 no haber leído “Adán Buenosayres” era una vergüenza. Hoy muchos se sienten orgullosos de no leer un libro en su vida. Dicen ‘ese pibe es medio raro… lee, qué podés esperar de un tipo que lee’.

¿Cómo se recupera el prestigio de la palabra escrita?
Convenciendo a la gente de que sirve para algo. Esto está relacionado con lo que hablábamos antes, hay que saber que la lectura sirve para imaginar.

A partir de los talleres, el ciclo de cuentos y el programa que salió por I-SAT, usted tiene un fuerte vínculo con los jóvenes.
Sí, y eso es lo único que me da esperanzas, pero nada más que esperanzas, acá las certezas están ausentes.

¿Cree que ese vínculo se forjó por su aparición en la pantalla o por los temas (humor, sexo, delirio, sangre, horror) que despliega en sus textos?
Yo creo que son los temas más que nada, igual a mí ayudó mucho la contada de cuentos por televisión para acercarme a la gente.

¿Podría repetirse?
Estoy abierto a las propuestas. Como siempre he dicho: lo peor que podés hacer en este mundo es agitarte excesivamente. Más te agitas, menos conseguís; más tranquilo estás, más cosas te van a llegar. Es la historia de mi vida.

En esa historia, Alberto Laiseca fue peón de limpieza, cosechador, obrero, operario telefónico, corrector de galeras en el diario La Razón.

¿Cómo lo ayudaron en su oficio de escritor esos trabajos?
Me ayudaron a vivir, a mirar a los demás y a tomar contacto con la vida. Yo era un chico perdido en la noche, de probeta, prácticamente. No tenía la menor idea de la vida y del arte… ¡y quería ser escritor! Difícilmente se pueda llegar a ser escritor así. Tenés que empezar a vivir primero, después contame, después vamos a ver si servís para algo, pero primero viví. Por eso largué todo, dejé mis estudios de ingeniería y demás. Esa es la manera en que empecé a ser un escritor.

¿Hay espacio para el delirio en la literatura actual?
El delirio siempre se ha terminado por abrir paso en la literatura inglesa, china, rusa, argentina o del origen que fuera. No es que le hagan lugar al delirio, es el delirio el que se abre, se genera su propio espacio en la realidad.

¿Qué siente que le queda por hacer?
Muchísimo, no tengo la menor intención de morirme por el momento, si eso es a lo que se refiere y sabe por qué… porque, como siempre digo, en el otro mundo no hay ni tetas ni cerveza, jygjygjyg (o algo así, la interjección de la risa de Laiseca es casi intranscriptible).

Así no tiene sentido pasarse al otro lado.
No, ni interés que tengo en ir al otro lado, es un opio, déjeme de joder. Acá las cosa irán bien o mal, pero por lo menos hay cerveza y tetas, que no es poco.

También hay muchos libros, ¿tiene alguna envidia literaria?
Tengo muy pocas envidias literarias y son totalmente raras. Le voy a decir lo que no envidio. No envidio el “Ulises” de Joyce, no porque no me guste, no porque no lo admire, sino porque sé lo que le costó a Joyce: quedar ciego. Además, es un tratado de la humillación. Solamente se puede escribir un libro así habiendo sido humillado toda la vida.
No envidio “Las palmeras salvajes”, sencillamente porque no, me alegra que exista, pero eso es distinto. Lo mismo me pasa con la literatura china que me formó mucho, ni siquiera a Shakespeare que también tuvo que padecer las suyas ¿Qué está diciendo Shakespeare en los sonetos? Me dejaron solo, ustedes, los jóvenes me dejaron sólo, ustedes, los jóvenes, se fueron el uno con el otro, total el viejo no sirve para nada, pero lo que pasó es que al abandonarme, ustedes también perdieron, perdieron la sabiduría.
Lo más parecido a la envidia que tengo son obras totalmente desconocidas, por ejemplo “La batalla”, de Claude Ferrerè, escritor ya olvidado. Es una cosa estremecedora, tiene tanto que ver conmigo, que por eso me atrevo a hablar de algo parecido a la envidia. Es sobre una batalla naval entre los japoneses y los zaristas, me vuelve muy loco, porque ese soy yo, estoy ahí.

Es verdad, Laiseca está ahí. De golpe se traslada a principios del siglo XX, se mete en el escenario de la batalla y cuenta una historia de amor, traición, violencia y honor. Laiseca narra con pasión, con dolor, con una emoción que lo lleva a las lágrimas.

En sus presentaciones, en distintos momentos, habla de la abundancia y de los anacoretas, ¿en su obra en qué ha sido abundante y en qué ha sido un anacoreta?
A mí no me gustan los anacoretas, empecemos por ahí, me parece que es gente que se pone de espaldas a la vida. He tratado de ser lo más abundante posible. Si usted modifica su vida para que sea lo más abundante posible, también podrá modificar su obra para que sea lo más abundante posible. Vida y obra vienen juntas, caballero.

¿Cómo construyó su obra?
Afanando tiempo a otros sitios, a laburos, a relaciones, así son los odios que te ganás también, pero bueno, sino no hubiera podido escribir “Los Soria”… tardé diez años. Espero que haya una reedición el año que viene, ha sido un buen negocio para los editores.

¿Y para usted?
Cada tanto me trae algún dinerito, pero no es eso. Lo que más me importaba era la publicación, ¡16 años sin publicarse después de terminada… 16 añitos, jygjygjyg!

Algunos autores se conformarían sólo con haber escrito “Los Soria”, ¿para usted qué representa?
Un trabajo bien hecho y bien terminado, me llevó diez años. Es el trabajo en el que mejor expreso mi cosmovisión. Es mi obra capital, aunque también quiero el resto de mis libros que me aportan otras cosas distintas a “Los Soria”.

Usted es de los que creen que el compromiso del escritor es influir sobre la sociedad, ¿lo consiguió con esa monumental novela de 1.300 páginas?
No lo sé, me conformo con que mi obra en general influya de alguna manera sobre la sociedad, no específicamente “Los Soria”. No sé con cuál obra habré influenciado a más gente, si es cuestión de pedir, vamos a pedir mucho, espero que haya sido con todos mis libros.

Alberto Laiseca le da un respiro a su tos para seguir fumando. Corre al gato que deambula entre los libros de su escritorio y se baja del escenario. La cerveza se sigue calentando y él se despide recordando que los monstruos son más reales de lo que uno cree. Afuera corre viento, un viento que barre la noche. A la vuelta de la esquina, los monstruos acechan.

Mario
Favole

1 comentario:

Molusco dijo...

Quetal! buena entrevista. Lo fui a ver a Taz y es super amable el viejo.un groso.Abrazo marole