miércoles, 16 de enero de 2008

Adonde quiera que vayas


Hace poco estuve releyendo “Los Lemmings y otros”, un libro de cuentos de Fabián Casas. Ahí me di cuenta que la máquina del tiempo existe, sin cables, ni botones o luces de colores. Sin científicos nazis indultados por el imperio. La máquina es apenas uno de esos cuentos, “El bosque pulenta”.
La historia de dos amigos de la infancia, pibes de barrio. La historia de un líder (como Facundo Pérez Morresi, ver revista Leche 16) que les traza el camino a los demás, les descubre un lenguaje, les abre mundos, que un día se pierde, se borra como una marca sobre el agua.
Con ese cuento, puedo jurarlo (yo, que nunca juro), viajé al pasado.
Volví a jugar por la Coca que salía dos australes con cincuenta. Volví a eructar triunfos (que de grande escasearon) en canchas improvisadas, en calles desiertas, en veranos implacables.
Cuando en el cuento se disponen a pelear con la barrita enemiga, para ver quién es más pulenta, uno de los pibes pregunta si esa plaza está en Boedo. La respuesta del líder es implacable: “Boedo queda donde estemos nosotros”.
Yo no pude evitar que se me pusiera la piel de gallina cuando leí esa frase, tampoco ahora que la transcribo.
Porque es así. A cierta edad el mundo se reduce a cuatro o cinco nombres. Tus amigos son un continente que se desprende de todo, que puede llevarte a la deriva, pero al que no podés traicionar.
Y la aventura está a un partido de distancia, a un desafío por la Coca, a dos cuadras. Y la mayoría de las veces, cuando pasa el tiempo, ese continente estalla. Pero jamás desaparece. Porque el barrio, ese mundo, queda donde estemos nosotros y eso no lo puede cambiar nadie.

4 comentarios:

Karpin dijo...

Hay gente que no entiende cuando yo vuelvo a mi barrio y me gusta irme a caminar por ahi, recorrerlo, ir a los lugares adonde tengo memorias. Una de mis amigas no entiende como puede gustarme "ese barrio de mierda", el mismo adonde nos criamos juntas, esquibamos bombuchas en Febrero y nos pelamos las rodillas aprendiendo a andar en patines. Y hay un amigo que me dice que el nunca volveria a su barrio, porque ya no es su barrio, porque ya fue, porque ya no es lo mismo y por ende ese lugar ya no significa nada. Yo todo eso no lo entiendo.

Mario Favole dijo...

El fin de semana volví a El Chocón que es donde viví hasta los diez años. Estuve mirando el lugar en el que jugaba a la pelota, el de las apuestas por las Cocas. En mi memoria era/es más grande, igual que los bosquecitos, igual que el lago al que me escapaba a nadar (confesión que recién hice para Año Nuevo).
Me parece que me estoy poniendo viejo.

Jaramillo dijo...

¿Vos vivías en El Chocón? Sabía que tenías algo de Gigante (risas). Me prestaron los Lemmings hace una hora. Venía leyendo la poesía de Casas, como siempre, sintiendo esa voz en el oído. Ahora me voy a meter en otra cosa. Vamos por el bosque pulenta. El Valle es donde estemos nosotros.

Conjuro dijo...

El Valle está donde sobrevuele el chimango y está bien.
Espero tu opinión sobre el libro de Casas, que compré en una librería de Choele (Zoe), entusiasmado por los comentarios que me habías hecho sobre el creador del Boedismo Zen.