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viernes, 20 de agosto de 2010

El pasado mide 2,06 metros

El pasado tiene extrañas formas de presentarse. En este caso lo hizo en la figura de un gigantón, veterano de mil batallas.
Se corporizó en uno de los mejores jugadores argentinos de básquet de toda la historia.
Un tipo que alguna vez contó que salió a comprarse un Escarabajo y volvió con un colectivo.
Hernán Montenegro.
El Loco.
El tipo que, alguna vez conté, había comprado en Choele la casa en la que vivían mis viejos. El que los hubiera convertido en unos sin-techo sino fuera porque alquilaban y ya se habían mudado a El Chocón.
Tal como adelantó mi amigo César Sapag, el Loco fue contratado por el Club del Progreso y esta noche pisará las canchas de Roca para jugar un cuadrangular.
Hoy, dentro de unas horas, estaré en esa cancha para ver jugar al único tipo al que le pedí un autógrafo. Más que por fanatismo, por imitación.
Autógrafo que por quién sabe qué razones me niego a tirar.
Autógrafo que envejece entre otros objetos olvidados.
Una entrada de boliche navideña rubricada con un afecto impostado.
No sé si esta noche será la última vez que nos crucemos con el Loco. Sí tengo claro que en esos 40 minutos existe la posibilidad de que encuentre los motivos que hacen que todavía guarde su firma.

sábado, 13 de junio de 2009

El rocker de la zona pintada

El otro día estaba ordenando el departamento y en una caja llena de boludeces encontré un autógrafo de Hernán Montenegro.
El Loco Montenegro, un rocker de la zona pintada. El tipo que en el draft de 1988 ocupó el lugar N º 57 y fue elegido en tercera ronda por Philadelphia Sixers.
Todas esas cosas yo me las enteraba por El Gráfico. Iba a primer año, desde el 86 que vivía en Choele Choel, pero no hacía mucho que tenía amigos. Entonces, leía mucho. Por poner un ejemplo, en el Mundial de México, era una especie de Alejandro Fabbri a pequeña escala.
Estaba aferrado al deporte y cada semana iba a buscar la revista al kiosco “Los dos pibes”, que todavía está en la Avenida San Martín, tan feo como siempre.
Tiré muchas cosas el otro día, pero la firma de Montenegro todavía está en un cajón. Fue el único autógrafo que pedí en mi vida. Ni siquiera jugaba al básquet, pero todos se lo pedían y en la adolescencia, sino te diferenciás claramente, suele ser mejor parecerse al resto.
El Loco, creo que por razones familiares, iba al Valle Media. Esa noche estábamos en la esquina del boliche y empezó a bajar de una de esas cupés que se compran los que tienen guita y mal gusto.
Lo saludamos de lejos, pero adentro del boliche nos animamos a hablarle. Un gordo nabo que atajaba en Sportman se metió en la charla justo cuando Montenegro decía que estaba jugando en Estudiantes. “Claro, Estudiantes de la Plata”, dijo con la seguridad de los boludos. El Loco se la dejó pasar y siguió hablando.
Volvió varias veces a Choele. En una de ellas fue la estrella de la barra de Krakatoa.
El “Gigante” González podrá decir que estuvo con él en el draft del ’88, otros que armaron jugadas inolvidables, Paco Festa que se pelearon en un Independiente de General Pico-Boca, yo puedo decir que me preparó un Gancia batido.
No lo volví a ver más nunca más.
Hace un par de años mis viejos se fueron a vivir a El Chocón.
Tiempo después me enteré que Hernán Montenegro terminó comprando la casa a la que yo iba en los veranos y algunos fines de semana al año.
Loco, si aparece por ahí Morris, el perro de mis viejos, chiflame.